Tsipras, Rajoy y el hombre del saco

Hala. Pues ya está. Tsipras ha dimitido y con su renuncia el turno de que nuestros políticos se suban al carro de los adalides de la lucha contra el populismo está servido. Eso si, a cada uno como mejor le convenga para sus intereses partidistas. Imagino que Pedro Sánchez, después del triple salto mortal hacia atrás con el que comparaba hace unas fechas a Rajoy con el dimitido líder griego y, en un intento más por acercarse a Podemos con quien buscará emparejarse si las urnas se lo permiten -incluso llegó a exculpar a la izquierda radical para responsabilizar a pasados gobiernos de conservadores griegos-, volverá a gritar a los cuatro vientos cuan solidario es con el pueblo griego, y su disposición a rescatarle tantas veces como haga falta en su ya conocida postura de seguir soltando dinero con un supuesto afán de mantener unida una Europa cuyo únicos nexos se mantienen a golpe de talonario.

Por otra parte, ya veo a Mariano Rajoy espetando aquello tan feo del “te lo dije”. Desde que el presidente del Gobierno ha descubierto que las vacaciones se acaban y que el comienzo del curso político está a la vuelta de la esquina, con elecciones en Cataluña a finales septiembre, y las generales antes de que nos pongamos el abrigo, Rajoy se dedica a cosas tan poco habituales en él como jugar con niños, tomar cañas o bañarse en un río, en un gesto de hacerse cercano a un electorado que admira a los políticos que se mojan. Y es que, sin duda, el Meyba humaniza mucho.

Sin embargo, la cara más entrañable del presidente del Gobierno, no es suficiente para alejarle del discurso del miedo. Algo que antes era un argumento de la izquierda (acuérdense del famoso doberman), ahora lo quiere poner en práctica el nuevo equipo asesor del Partido Popular. Y es que los Populares no aprenden. Rejuvenecen los cuerpos de su dirigentes pero no las ideas. El hacer del miedo bandera ya les pasó factura en Madrid donde Manuela Carmena se merendó a Esperanza Aguirre después de que la presidenta de los populares madrileños se afanase en proclamas apocalípticas según las cuales la llegada de los socios de Pablo Iglesias, en cualquiera de sus múltiples denominaciones, acabaría con la “democracia tal y como la conocemos”.

Lo cierto es que con la enésima entrega del culebrón griego ha ocurrido todo lo contrario. Según los populistas, el dimisionario primer ministro Alexis Tsipras ha tomado un camino que le eleva al Olimpo de los demócratas en un gesto sin precedentes en política. Al menos en la española. ¿Cuántas veces hemos escuchado aquello de “he puesto mi cargo a disposición de la dirección de mi partido”?, eso si, el cargo pero no el escaño que hay que sumar legislatura para cobrar la pensión. Lejos de eso, el hasta ahora jefe del ejecutivo heleno, ha cogido el toro por los cuernos y, agotado un programa electoral que era a todas luces inviable, se ha puesto en manos de su pueblo en una nueva fórmula de huida hacia adelante con la que intentará que sus compatriotas vuelvan a avalarle en las urnas.

Eso al menos es lo que creen en el lado oficialista de Podemos, representado por Iglesias y Errejón, que alaban la gesta de su amigo Alexis mientras que tienen que escuchar como voces disonantes en el seno del partido de los círculos piden algo más de radicalización en el discurso. Habrá que pedirle paciencia a Teresa Rodríguez. A sus jefes no le van a temblar las piernas como ella misma dice que le ha sucedido a Tsipras. En cuanto la facción más dura de Syriza saque el refrendo de los votos se acabará el buenismo. Lobos con piel de cordero.

Con este panorama, el Partido Popular debería alejarse del discurso del miedo y aprovechar el camino allanado desde Atenas. Por un lado para reubicarse políticamente en el centro, un lugar donde los españoles no les contemplan a juzgar por el último informe del Centro de Investigaciones Sociológicas. Por otro, la fallida política griega les acerca aún más a una victoria electoral que necesitan tenga el suficiente margen de votos como para que Pedro Sánchez no pueda arrimarse a Pablo Iglesias para entrar en La Moncloa a cualquier precio.

Le gusta mucho a Íñigo Errejón decir que los viejos políticos tratan al pueblo como menores de edad. Aplíquese el cuento señor Rajoy, lo del hombre del saco ya no funciona.

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