Tren de la fresa, el pasado más actual

Seguramente, cuando la primera línea de ferrocarril de la Comunidad de Madrid se puso en marcha, el trayecto proyectado por el Marqués de Pontejos para unir la capital y el Real Sitio de Aranjuez en 1851, constituía una emocionante aventura. Esa idea me ha llevado a intentar revivir la experiencia de los viajeros que frecuentaban, en vagones de tercera, la segunda línea férrea que se ponía en marcha en la península ibérica después de la que unía Mataró y Barcelona.

Subirse al Tren de la Fresa parece toda una experiencia sensorial. La visión de los trajes de época que visten las empleadas del ferrocarril -dudo que las hubiera entonces- y de los vagones de madera, del tipo Costa, precisamente los que tenía en servicio la mítica Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante -más tarde RENFE-, y que ahora se encuentras dispuestos sobre la vía del Museo del Ferrocarril, avivan mis expectativas.

Por desgracia el siglo XXI irrumpe con fuerza. Los ruidosos pasajeros armados con toda suerte de teléfonos de última generación, sustituto natural de las cámaras compactas japonesas, buscan sitio en unos vagones bien conservados y remodelados para soportar el poderío de la máquina diesel que ahora tira del convoy después de que la crisis dejase a la locomotora de vapor Mikko sin servicio. Sólo lamento que la actual máquina tractora, muy posterior en el tiempo a la original del tren y que utiliza combustible líquido en lugar de carbón, nos prive del romántico traqueteo de los trenes decimonónicos. Para colmo, el operario de Renfe pasando por los vagones con su chaleco amarillo me deja fuera de situación de un plumazo.

Una falta de cuidado en el detalle que deja esta magnífica idea de poner en servicio trenes históricos un tanto desvirtuada. Al igual que la azafata que obsequia con fresas a los usuarios de la línea lo hace ataviada como una arancetana de la época, el resto de empleados debería vestir apropiadamente. Además, se me antoja muy necesario encontrar algunos extras salpicados por el vagón emulando a los pasajeros de antaño, eso permitiría al viajero actual la inmersión en la última mitad del siglo XIX. Una iniciativa fácil de financiar pues bien argumentaría unos euros de incremento en el precio de un billete que, hoy por hoy, no justifica el servicio.

En todo caso, si el tiempo lo permite, este particular convoy aún tiene cinco salidas programadas esta temporada. Una buena oportunidad para conocer cómo era el primer ferrocarril de la Comunidad de Madrid que permitía, además del transporte de pasajeros, que las típicas fresas y los espárragos ribereños llegasen a la capital.

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