Sin comerlo ni beberlo

Es curioso el papel que nos toca a los ciudadanos tras las elecciones. Mientras que a los políticos se les pasa la grandilocuencia electoral sin mayor problema, a los votantes nos hacen pasar por una resaca de esas que no se quitan con facilidad y no porque el disgusto de la derrota o la celebración del triunfo nos alteren los bioritmos, si no porque ellos mismos nos imponen ese estado de ánimo. Lo interesante es observar cómo esa resaca se prolonga según el color del ganador de la batalla y con independencia de lo cerca que nos cojan las elecciones.

Parece que ahora que han terminado los comicios estadounidenses, y que lo han hecho con la sorprendente victoria de Donald Trump, el mundo se tambalea con la incertidumbre que acarrean las llamativas ideas de este pintoresco empresario. Sin embargo, no son sus arengas las que estremecen los cimientos del mundo si no los empujones con los que los progresistas europeos intentan de que sus conciudadanos se convenzan de que al diablo le ha crecido el flequillo y que el apocalipsis se cierne sobre sus cabezas. Y ya de paso, como las Bolsas han aguantado el primer envite, pues se alude a la pérdida de derechos humanos que eso mete mucho miedo.

Hombre, vamos a ver. No cabe duda del poder que adorna al presidente de la primera potencia mundial, pero de ahí a presuponer que su ideología le convierta en un monstruo de siete cabezas o en el adalid de las libertades es un peligroso ejercicio con el que algunos pretenden ponerse la venda antes que la herida. Si el vencedor es Republicano como en el caso del playboy Trump o del actor Ronald Reagan, o de los Bush, padre e hijo; los partidos progresistas europeos cargan automáticamente contra el preferido de los votantes. Ya hemos podido leer a la presidenta andaluza, Susana Díaz, pronunciarse vía twitter en contra de Donald Trump al que ha definido como una amenaza para la convivencia, y desde luego, recordamos el gesto infantil y ridículo de Rodríguez Zapatero cuando no se levantó al paso de la bandera de las barras y estrellas cuando Bush, hijo, aún era presidente.

Si por el contrario, el elegido es el candidato del Partido Demócrata, se convierte de facto en todo un acierto. Si encima es negro, hasta Pablo Iglesias se olvida de su ideología e intenta salir en la foto. Cosas de estos demócratas de salón que no respetan las decisiones de un pueblo que a valores democráticos no les gana nadie y que saben que la decisión en las urnas es sagrada. A partir del 20 de enero, Trump se convertirá en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos y eso significa que todos los estadounidenses lo tendrán como tal, en un gesto de absoluto respeto por la decisión de sus conciudadanos, a pesar de que mientras eso ocurre muestran su rechazo en las calles. Ya llegará el momento de reclamarle sus errores en las urnas o de reconocerlos con cuatro años más.

Que diferente de nuestro sentido de la democracia. Aquí la validez de la decisión del votante depende de si favorece a según qué partido y sí no, pues se deja el país sin gobierno durante un año y luego ya veremos. Total, el español es de guardar poco rencor a los malos políticos, a esos que deberían tomar ejemplo de los que ellos consideran de su cuerda, como Hillary Clinton, que una vez superado el mal trago -eso sí, tardó diez horas en digerirlo- acató sin liarla el resultado y sin echarse a la carretera a modo de penitencia postelectoral. ¿Se la imaginan cogiendo carretera y manta por la ruta 66? No, claro. Allí el postureo no sirve.

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