San Cambio y Santa Rebajas

7 de enero. Seguro que el que más y el que menos ha respirado aliviado esta mañana. Es la fecha que pone fin a la vorágine familiar. La que nos libera de la pesada carga que nos echamos sobre los hombros con los dichosos propósitos de año nuevo. A estas alturas ya nadie va a acordarse de los planes con los que comprometimos nuestra fuerza de voluntad mientras intentábamos no atragantarnos con las uvas. Las de la suerte, dicen. ¡Ja!. Ya lo hablaremos a media que transcurra el año. Por si esto fuera poco, mañana los niños vuelven al cole.

Pero a lo que vamos. ¿Quiere saber porque incluso antes de que asimilemos la fecha en el calendario ya estamos en plena catarsis?. Pues aunque no se lo crean, la culpa es del santoral del día. Bueno, del santoral apócrifo, porque junto a San Raimundo de Peñafort y San Carlos de Sezze en el almanaque conviven San Cambio y Santa Rebajas. O lo que es lo mismo, que gracias al bendito tíquet-regalo por fin nos vamos a librar de esos chismes imposibles que hemos recibido hace apenas unas horas y que parece que llevan toda una vida en casa. Es curioso que a pesar de haber escrito la carta con un minucioso y detallado desglose de nuestras apetencias, y de la cantidad de horas que hemos pasamos junto a nuestro particular ‘rey mago’ mirando las cosas que queremos, el obsequiante haya metido la pata hasta el corvejón. Y conste que no lo digo por mi. A mi los Reyes, que se ve que me conocen profundamente y que no escatiman en esfuerzos por agradarme la fiesta, me han traído el magnífico aparatejo con el que escribo estas líneas y que me tiene encandilado.

Pero a pesar de mi exultante felicidad, o precisamente a causa de ella, me gusta dejarme caer por las inmediaciones del mostrador de atención al cliente de cualquier centro comercial. Es mi particular análisis sociológico del trauma post-reyes. Verán, me sitúo próximo al perjudicado y observo como una vez superada la vergüenza de desenvolver frente al empleado el bochornoso obsequio a devolver, la cara del ciudadano en cuestión se ilumina cuando recibe el vale con el que aliviarse del disgusto y encima con algún descuento. Seguramente por eso las rebajas comienzan en esta fecha. Son la labor social más importante de los grandes almacenes durante el año. Tal vez la única que realizan. Y no vayan a caer en aquello de ayudarnos a subir la cuesta de enero, no. La inclinación de esa cuesta es directamente proporcional al tiempo que pasamos en las rebajas, así que nada de agradecerles un esfuerzo que no realizan. Si no ya me lo contarán en febrero cuando el banco les mande el extracto de sus tarjetas. Lo de las rebajas es otras cosa. Es una forma de reconciliación familiar, de mantenimiento de las amistades. De hacernos olvidar como de cretino fue mengano o fulano al hacernos semejante regalo. Sin ellas ya me explicarán como iban a esbozar una sonrisa la próxima vez que coincidadan.

Las rebajas también tienen, o mejor dicho, tuvieron, un componente ritual que la llegada del comercio electrónico y la posibilidad de asegurarnos la compra desde la comodidad de nuestra tableta, incluso antes de que las tiendas físicas levanten el cierre ha dejado en un segundo plano. Somos los nuevos clientes VIP. Las tiendas abren para nosotros en plena madrugada y en los percheros nunca faltan existencias. De hecho, solo uno de cada tres compradores esperará en la puerta de la tienda hasta que el vigilante de seguridad levante el cierre para hacerse con algún chollo.

La verdad es que las compras por Internet han democratizado la capacidad de compra de todo el mundo. Siempre he estado convencido de que la posibilidad de adquirir determinadas cosas no estaba tanto en disponer de la necesaria solvencia económica para comprarlo, como de la posibilidad de visitar la tienda. Ya no hay que viajar hasta la ciudad de los rascacielos, por poner un ejemplo, para comprar algunos de esos modelos de sneakers de los que los distribuidores nos privaban en España. Ahora, con un par de clics, es la propia tienda neoyorquina la que te trae las ‘zapas’ a casa. Claro que como nunca llueve a gusto de todos, mientras que los comerciantes se frotan las manos ante la expansión universal de tiendas que, créanme, son verdaderos comercios de barrio, a las agencias de viajes les toca reinventarse para volver a generar una de las principales motivaciones con las que hasta ahora contaban sus clientes a la hora de elegir destino.

Es en estos primeros días del año cuando a los principales actores de un segmento hasta ahora clave para la industria turística les toca ponerse manos a la obra para lograr que marcas globales parezcan comercios locales de cara a generar el interés el viajero. La verdad es que la estrategia esta más que probada. A nadie le amarga un dulce, lease descuento, y si eso se viste de exención fiscal, miel sobre hojuelas. Hasta un 18% se ha aumentado en España las ventas a turistas gracias al famoso Tax Free. Los visitantes con derecho a ese beneficio se dejaron entre enero y septiembre de 2017 nada menos que 2.300 millones de euros. Una cifra más que sugerente para empezar a pensar en buscar fórmulas similares que beneficien al mercado interior, aunque eso me parece una batalla perdida cuando pienso en el IVA cultural. Después de seis meses de la entrada en vigor de la bajada del 21 al 10% ¿cuánto le han abaratado a usted las entradas al teatro? Pero esto lo dejo para otro día. Hoy, dediquense a gastar.

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