Once días de agosto

En un país en que la memoria parece ser patrimonio exclusivo de la izquierda, pocos recordarán a la vuelta de unos meses este comienzo de legislatura municipal y la extraña necesidad que han encontrado nuestros nuevos regidores en meter el dedo en el ojo de la gente. Algo que se está convirtiendo en el deporte preferido de los podemitas y sus secuelas de marca blanca que lejos de pensar en el interés general siguen empeñados en políticas masturbatorias con las que contentarse a si mismos.

En poco más de dos meses, los ayuntamientos del cambio se han convertido en los consistorios de la polémica. Todos los días ciudades como Madrid, Barcelona e incluso Ciempozuelos o Sueca, nos espabilan del sueño de la razón mostrándonos los monstruos que el laboratorio de Pablo Iglesias diseñó para inscribir en los comicios del pasado 22 de mayo. Tengo la teoría, refrendada luego por las urnas, sobre todo por las del plebiscito comunitario, que cuando hay que decidir en manos de quien se ponen cosas tan serias como el transporte, la sanidad o la educación, la responsabilidad se les deja a aquellos que tienen avalada la experiencia -para bien o para mal- y no a quienes traen la improvisación por todo bagaje. Tal vez sea ese el motivo por el que las Comunidades Autónomas siguen en manos de eso que los recién llegados han dado en llamar “casta” en un intento de desmarcarse de una política que ya empiezan a imitar.

Sin embargo, y esto es muy curioso, cuando se trata de dejar a alguien las llaves de nuestras casas no tenemos ningún pudor en ponerlas en manos de quien ni siquiera sabemos si será capaz de encontrar la cerradura. Pongo Madrid como ejemplo, pero podría valer cualquier municipio de los que han cambiado radicalmente de color. Sólo han pasado once días de agosto y, en esta semana larga, en la que el casticismo se vuelve más evidente que nunca con las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma, el ayuntamiento capitalino no ha querido perder la oportunidad que le otorga la luz y el color de las verbenas para montar su particular tómbola y repartir boletos entre los madrileños. Eso si, siguiendo con su máxima de tratarnos por igual, a todos nos ha entregado papeletas premiadas.

Para los que siguieron a pies juntillas la doctrina electoral de los populistas que hacía bandera del no a las privatizaciones les ha tocado el premio gordo. Una “chochona” a modo de polideportivo, que el gobierno municipal ha corrido a poner manos de particulares en un acto del que el concejal competente se excusaba diciendo que era un proyecto del anterior equipo municipal. Interesante discurso que esconde una sóla verdad, la que deja claro que en política, lo primero que se hereda es la hipocresía.

Entre tanto, y mientras sus socios de gobierno pedían los espacios municipales vacíos para que los jóvenes madrileños pudieran emprender sus proyectos empresariales, la señora Carmena se los prometía a los “okupas”, movimiento que ya ha advertido que si les dan llaves, seguramente las cogerán, pero que eso no les hará cejar en su empeño de usurpar la propiedad privada. Claro, que esto ya lo sabe de primera mano la alcaldesa de la primera ciudad de España. No en vano, entre sus concejales cuenta con miembros de este movimiento. Entre tanto, los sindicatos policiales tachan de disparate darle alas a quien no respeta las normas.

Siguiendo con las verbenas, Carmena dará un paso más por adentrarse en los anales de la historia de la ciudad y cambiará el protocolario acto de acudir a la Virgen de la Paloma, para asistir a un acto con la comunidad ecuatoriana justo antes de salir de vacaciones. Desde luego no voy a restarle importancia a los más de 32.000 ecuatorianos empadronados en la capital, pero seguro que había otro momento para festejar con ellos y no caer en la tentación de convertirse en el primer alcalde de Madrid que dará plantón a la patrona popular de la ciudad.

Y es que esto de no mostrar respeto por las tradiciones populares ni por los símbolos nacionales empieza a ser libro de estilo. Después de las ocurrencias sobre referéndums acerca de la Semana Santa o la intención de prohibir las comparsas de Moros y Cristianos para no ofender al islam, ahora es Raquel Tamarit, alcaldesa de Sueca, la que se une al despropósito y prohíbe a las bandas municipales que se interprete el himno nacional en las procesiones de la localidad valenciana.

En fin, es lo que tiene agosto, que mientras el que más y el que menos se quita de los pies la arena de la playa, nuestros políticos municipales confían en que todas estas barrabasadas se olviden. Total, les quedan cuatro años de mandato. A ver quién se acuerda de esto para entonces. Y es que ya lo decía don Quijote: “largo me lo fiáis, amigo Sancho”.

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