Mejor ver que mirar

Llevo unos días perplejo ante la cantidad de noticias que se producen en torno al cuerpo de la mujer. Es verdad que el verano se presta a esto, pero esta vez los comentarios no tienen relación con la estética, la moda, o el tallaje de las modelos. Esta vez son hechos que curiosamente ofenden a esta sociedad tan avanzada tecnológicamente y tan retrógrada en lo moral.

En las últimas semanas se han producido reacciones contrapuestas sobre el hecho de que una madre amamante a su bebé en lugares públicos. Un acto tan natural para muchos como ofensivo para otros y que llevó a numerosas madres argentinas a protagonizar una multitudinaria “tetada” para defender el amamantamiento público. Al otro lado del mundo, una madre inglesa se defendía utilizando su propia mama como regadera,  contra una paisana que la reprendió por alimentar a su bebé en un parque, provocando que el marido de la represora no pudiera quitar ojo del pecho ajeno.

Tal vez sea porque nos destetan muy pronto, o tal vez por la infinidad de razonamientos con los que los científicos intentan explicar la atracción masculina por la redondez del busto femenino, pero lo cierto es que nos gusta mirar y los pechos son especialmente apreciados como objetivo de ojeadas, más o menos furtivas, con las que intentar valorar la belleza de lo que esconde un escote que cuanto más generoso, más fuerza el bizqueo. Y es que la piel nos llama mucho. Mucho más que el volumen. Porque no es tanto el tamaño, que también, como el saberlo descubierto y al igual que le ocurrió a el marido de la ofendida británica, cuando los pechos asoman desinhibidos en playas y piscinas, e incluso en la madre del lactante, es cuando más nos embelesan. Por cierto, hablando de piscinas, muy sonado también el pecho de la waterpolista olímpica que se escapó del bañador en una imagen que ha dado la vuelta al mundo, esta vez en beneficio de la organización de Río 2016, y que durante unos días nos ha hecho olvidar el vergonzoso color verde de la pileta en la que disputan el torneo.

Volvamos a lo que nos ocupa. Es tanto lo que nos gusta mirar que nos ofende lo que se oculta. La doble moral con la que medimos a quien no comulga con nuestras creencias provocó que las jugadoras egipcias de voley playa tuvieran que dar explicaciones sobre su atuendo. Ataviadas con chándal y hiyab, para cumplir con su religión, se enfrentaban en Río con el equipo alemán que con su biquini cumplía con los caprichos de la Federación Internacional de esa disciplina que obliga a una equipación, fantástica para tomar el sol, pero que no creo que ayude mucho en la práctica deportiva y, sin embargo, a nadie se le ocurre poner entredicho.

Lo dicho, nos gusta mirar; pero sobre todo, nos gusta ver.

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