¡Me lo pido, vaya que si me lo pido!

Hay que ver. Cómo es esto de la naturaleza. Resulta que ahora que he decidido aprovechar eso que los meteorólogos llaman ciclogénesis explosiva (la borrasca de toda la vida, vaya) y que hemos bautizado como ‘Ana’, para volver a abrir las puertas de la ciudad de las tormentas va y deja de llover.

Han sido cuatro gotas que han pasado tan deprisa que ni siquiera a la alcaldesa de Barcelona le ha dado tiempo a sumarse a la noticia. Mala suerte. Tan solo una letra tiene la culpa de que la edil barcelonesa no pueda convertirse en la tormenta perfecta. Seguro que ya se veía a sí misma jarreando sobre la ciudad condal a ver si a fuerza de tronar consigue acabar con el turismo de una vez por todas.

¿Quién puede culparla? Estamos en la época del “me lo pido” y Colau se lo pide todo. Que hablamos del colectivo LGTB, ella tuvo una novia. Italiana para más señas. Que se habla de ‘la manada’, pues ella estuvo a punto de ser violada. Igual en estos días nos sorprende con que en otra vida fue abadesa del monasterio de Sijena y reclama su caja sepulcral. Claro, que viendo lo que la vida le está regalando a la alcaldesa, ya se cuidará ella muy mucho de decir que es aragonesa.

Los que no nos cuidamos nada en estos días somos el resto de españoles. Al menos a la hora de soñar. Sueños que dejamos en mano de la diosa Fortuna a la que se los encomendamos en forma de décimo de lotería. Hasta 57 euros de media nos vamos a gastar cada español esta Navidad en intentar hacer realidad nuestros anhelos. Ya saben, nada del otro mundo. Coches, barcos, viajes, el consabido casoplón y, por supuesto, dejar de trabajar.

Total, que con el dinero de premio ya gastado antes de que nos toque, y la carta de dimisión aún en el bolsillo, el día 22 saldremos de trabajar agotados por la tensión de esperar a que alguno de los niños del Colegio de San Ildefonso nos hubiera hecho ir al banco a negociar condiciones para el pastizal que ya no podremos ingresar. Por supuesto, eso hubiera ocurrido justo después de entregarle al jefe esa misiva tantas veces reescrita. Suerte que ahora hay bolígrafos que permiten que la fecha no sea definitiva y el esfuerzo epistolar sirva para el año que viene.

Eso, si hablamos del género masculino, porque las mujeres juegan sobre seguro. Al 2 y al 4, que para eso son los números más premiados en el reparto navideño de millones. Y no es que a ellas les flaqueen las ganas de perder la vista a su superior, no, es que con las cosas de comer no se juega. Si se echa la lotería es para que toque. Aunque sea lo que se juega. A ver quién les dice luego a los expertos en pedir que, con el catálogo de juguetes sobre la mesa y esos deditos repiquetando sobre las fotos, no se pueden pedir ese juguete que les apasiona. Ni ese otro. Ni el de más allá. Porque si algo hay que reconocerles es el arte que tiene para pedir. Son una especie a imitar. Y es que ya lo decía san Mateo: “todo aquel que pide, recibe”. Pues a mí me van poniendo algo caro… y recargable, por favor, que luego me da mucha rabia andar buscando pilas.

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 Foto: mikhaylovaelen / 123RF

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