Malos tiempos para la objetividad

La casualidad ha hecho que sonase la banda de Germán Coppini justo cuando empezaba a escribir esta reflexión, así que parafrasear al fallecido músico cántabro en el titular se me antoja más que razonable en este debate. Si a Coppini le parecía que los incipientes años 80 del siglo pasado eran malos tiempos para la lírica, no se que pensaría si de repente echara un ojo al periodismo actual. Mediado ya el primer cuarto de este siglo, parece que la objetividad del periodista ha quedado relegada a una utopía difícilmente alcanzable en un sector, el de los medios de comunicación, en el que la batalla por la audiencia se tiñe del color de los intereses de la empresa editora. Encontrar una línea editorial que no muestre apego por uno u otro sector de la política o por los colores de una determinada camiseta es algo improbable en estos días, cobrándose como víctima en la independencia del periodista.

Pero no debemos echar toda la culpa a la empresa, tampoco el periodista es ajeno a ese partidismo. Separarle de su condición de sujeto es imposible y, en consecuencia, exigir objetividad a su trabajo es una quimera. Especialmente cuando sobre sus espaldas lleva la pesada carga de respaldar los intereses de quien le paga la nómina y de agradar a un lector, oyente o telespectador que le juzga en virtud de su falta de objetividad. Si se posiciona de uno u otro lado es valiente y comprometido, de lo contrario su pasividad, le resta credibilidad. Esto lo han aprendido bien los tertulianos de ciertos programas de televisión que no dudan en exponer sus preferencias a brazo partido, dejando que la propia opinión se anteponga a la teoría, aceptada con agrado por la mayor parte de la comunidad periodística, de que la objetividad es el principal requisito de la información.

Sin embargo, no por muy asumido e interiorizado que tengamos dicho principio debemos convertirlo en axioma. Paradójicamente, para construir esa supuesta objetividad, la noticia debe haberse gestado a fuerza de sumar todas las subjetividades que aportan las diferentes partes implicadas, incluida la del redactor, que no podrá evitar poner un punto de opinión en el cóctel que ha mezclado con las informaciones que él mismo ha seleccionado, las citas que ha elegido o con las descripciones que ha realizado. Por lo tanto, si la noticia se confecciona desde la subjetividad de todos los actores, lo que se debe esperar del periodista no es tanto la objetividad como la responsabilidad necesaria para dar credibilidad a la información. Es curioso que en un país con tanta demanda de noticias como España, según relata el estudio que la Universidad de Oxford y la agencia Reuters presentaron el pasado verano, nuestros medios de comunicación, y por extensión los periodistas, sean los peor valorados por los españoles que les achacan, precisamente, su falta de credibilidad.

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