Las bicis, por el centro

Todavía recuerdo con cariño mi ‘BH’. Roja. Plegable. Aunque esto nunca lo entendí porque jamás utilicé esa especie de bisagra que la doblaba por la mitad. Supongo que en su momento sirvió para facilitar su ocultación detrás de una cortina mientras que Papá Noel llegaba a nuestra casa, una moda todavía incipiente en los últimos coletazos de la España franquista. Esa misma mañana de Navidad mi padre nos llevó a mi hermano y a mi a probar las bicis. Primera vuelta con ruedines y tras la toma de contacto, rápidamente el viejo truco del “tranquilo que yo te sujeto”. Menos mal que no me di cuenta del engaño paterno y no acabé de bruces en el suelo porque eso podría haber frustrado mi carrera ciclista.

Sin embargo, el talegazo vendría años después. Ya casi treintañero, en plena moda de la todavía llamada mountain bike -a nadie se le ocurría españolizar un nombre tan molón, como mucho un tímido ‘emetebe’- no se me ocurrió otra cosa que hacer un descenso de montaña con mi flamante Cannondale de fibra de carbono. El resto de la historia ya se la imaginan. El carbono, según se golpee, casca con una facilidad inimaginable. Confieso que subiendo era lento como un diesel, pero bajando nunca vi el peligro. En fin, que por aquel entonces no estaba yo por la labor de volver a pasar por el trago de desembolsar otra vez semejante pastizal para estrellarme nuevamente en cualquier momento. Total, que veinte años después y con el ciclismo siempre en la memoria, el auge de la bici pública en Madrid por donde ya circulan -esto es mucho decir- 2.000 velocípedos municipales, a los que hay que sumar los particulares; me ha devuelto el interés por el pedaleo.

En los últimos años, entre la crisis y la búsqueda de una ciudad más sostenible, la calzada, ese lugar de culto para los “cochistas” que así es como llaman los ciclistas urbanos a los automovilistas, ha dejado de ser patrimonio exclusivo de estos últimos que, hasta ahora, solo tenían que competir con las motos por el dominio de calles y avenidas. Con la llegada de las bicis, ese territorio tiene un nuevo inquilino que, a pesar de tener menos cuerpo que sus vecinos de cuatro ruedas, ocupa exactamente el mismo espacio. Pues si, las bicicletas están obligadas a circular por el centro de la calzada, es decir, ocupando todo ese carril que los automóviles usaban hasta ahora de forma privativa. Y esto no es un capricho del que pedalea, si no que lo impone una norma municipal que busca proteger al carente de carrocería de conductores que no respetan el consabido metro y medio al adelantar o de los que salen del coche sin mirar y que provocan que más de un ciclista acaba estampado en la parte interior de la puerta de su vehículo.

Con la implantación de BiciMAD, el servicio municipal de bicicletas urbanas que inauguró Ana Botella -con las prisas a las que nos tenía acostumbrados la anterior regidora a quien ni sus relajantes cafés con leche en la Plaza Mayor ponían freno a sus apresuradas decisiones-, la ex alcaldesa puso al frente de la explotación al mejor proyecto que, a posteriori, demostró no tener capacidad para hacer frente al contrato y que tiene que ver como cada dos horas, colectivos ciclistas les sacan los colores en Twitter donde dan parte de las bicicletas en uso. Solo el 57% de las unidades con las que cuenta el servicio están disponibles mientras escribo esto. El resto, en el taller o desaparecidas. En todo caso, inaccesibles para el usuario.

Lo cierto es que Madrid es una ciudad perfecta para este tipo de transporte público. No es que sea una urbe pequeña, pero tampoco lo es demasiado grande por lo que el centro de la ciudad es fácilmente abarcable a golpe de pedal. Nueve kilómetros de norte a sur, empezando en Plaza de Castilla y terminando en Matadero, y otros seis si optamos por recorrerla a lo ancho. De este a oeste, de Rosales a Ventas, por tomar como referencia el anillo interior de la M-30. Si a esto se une un clima bastante benévolo durante todo el año y un precio muy por debajo del tradicional billete de metro o autobús, y todo esto se adereza con un motor que sirve de asistencia al pedaleo, gracias al cual las cuestas prácticamente acaban por llanearse, el éxito del servicio está prácticamente asegurado.

El problema es que la falta de cariño que la concesionaria le ha puesto al tema y su afán por echar balones fuera acusando al vandalismo -que lo hay- de los fallos en el servicio, están haciendo que los usuarios empiecen a estar cansados de esperar a ver si terminan de solventar errores en el cálculo de los cargos por trayecto, de las averías en los motores o de la falta de vehículos en las estaciones. Afortunadamente, el ayuntamiento ya ha tomado cartas en el asunto. Ya saben que a este gobierno municipal todo lo que afecte a sus intereses electorales lo eleva a categoría de urgente, y en pleno mes de agosto la responsable del área de movilidad, Inés Sabanés, se reunió con colectivos de usuarios del servicio para buscar soluciones, al tiempo que indicaba a la sociedad concesionaria del servicio, Bonopark, que no piensa a esperar a que pasen los doce años marcados en el pliego de condiciones y que ya está buscando las fórmulas para poner fin al contrato si no se solventan los problemas. Bravo por la expeditiva concejala. No en vano la imagen de su jefa siempre se ha visto unida a la de la bicicleta, incluso en la cartelería electoral o en la portada de su libro podemos verla junto a su inseparable transporte. Además, la bici tiene ese punto asambleario que tanto gusta hoy en día. Bueno, es si, a condición de que el ciclista no vista de lycra, porque entonces pasa a otra condición.

Puesta de manifiesto la nueva moda de la movilidad madrileña y sus carencias, faltan sentar las bases de la convivencia también fuera de la calzada. Al albor de esta tendencia, muchos neociclistas se suben en su caballo de dos ruedas para cabalgar por donde antes lo hacían como peatones. Es decir, por las aceras. Un lugar donde los “municipales” aún no se atreven a tirar de denuncia y aplicar la ordenanza municipal. 60 euros si se circula por donde se debería caminar. No es que sea partidario de que la letra entre con sangre pero, lamentablemente, parece que solo cuando nos tocan el bolsillo estamos dispuestos a cumplir con las obligaciones más básicas. Y es que, a esta carrera porque las bicicletas hagan mejor la ciudad hemos llegado con años de retraso, sin formación previa, y con una pasión que parece que si no montamos en bici no veremos el próximo amanecer. Tanto es así que estamos experimentando un crecimiento en usuarios mucho mayor que, por ejemplo Londres, pero con la falta de cultura ciclista de la que hacen gala ciudades como Amsterdam, por poner otro ejemplo fácilmente reconocible.

Al igual que el ciclista exige respeto, habrá que pedirle que devuelva con reciprocidad el mismo gesto que pide. Creo que he contado con los dedos de una mano el número de usuarios de la bicicleta, ya sea pública o privada, vaya en vaqueros o ataviado con maillot y casco de última generación, que respetan el código de la circulación mientras que cuento por decenas los que circulan por las aceras, echándose encima de los peatones, e increpándoles porque no les dejan pasar. No estaría de más que, de vez en cuando, los agentes de movilidad dedicasen algún tiempo a educar y explicar que el que no se les exija permiso de conducir no les exime de cumplir la norma.

La verdad es que se está haciendo difícil esta convivencia. Por culpa de unos pocos, los ciclistas empiezan a resultar agresivos para conductores y peatones, y por si fuera poco incluso hay quien decide usar las bicis municipales sin pasar por caja, arrancándolas literalmente de sus anclajes para ahorrarse el pago del servicio y, lo peor, dejando tanto el estacionamiento como la bici con necesidad de pasar inmediatamente por el taller. Algunas incluso han visitado el fondo del río Manzanares o han sido pasto de las llamas. Otros, como pude ver hace unos días, deciden, directamente, no devolverla. La pintan con burdos brochazos de Titanlux para tunearla y apropiarse de ella. Afortunadamente, el sistema de seguimiento suele facilitar la recuperación, eso sí, con el consiguiente coste en policías que bien podrían estar dedicados a operaciones de más enjundia. Hemos llegado a ver un video grabado desde un coche mientras un policía madrileño pedaleaba sobre la bici recuperada.

En fin, que las bicicletas ya no son solo para el verano y tenemos que alcanzar el entendimiento con ellas. Para ello los ciclistas tendrán que demostrar a conductores y peatones que su agilidad moviéndose por la ciudad no es a costa de pasarse las normas por debajo del pedalier. Con las mismas, los conductores tienen que entender que la bicicleta es un vehículo más, al que le falta la potencia del motor por lo que hay que respetar su velocidad y, por encima de todo, la integridad física de su conductor. La tarea más fácil la tiene el peatón. A el solo le queda disfrutar de una vía de la que goza en exclusiva.

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