La televisión con sentido y la consentida

Acaban de cumplirse 60 años de la primera emisión de televisión en España. Más de medio siglo desde aquel 28 de octubre de 1956 en el que se prendía esa luz, catódica y cautivadora, de la que nadie ha podido abstraerse y que se ha convertido para muchos en la ventana por la que mirar el mundo con sentido.

Durante este tiempo la ‘tele’ ha intentado informarnos, con bastante éxito dicho sea de paso; ha pretendió, con menos fortuna, educarnos con documentales narrados con una voz demasiado cadenciosa para determinados horarios, y con programas infantiles que hoy día serían impensables dados los gustos actuales de los niños. Pero donde sin duda triunfó fue en el entretenimiento. Más aún cuando la tele hecha con sentido se convirtió en la consentida de todos. Llegaba la liberación del sector y las tetas como modelo de negocio.

Corría 1988 cuando las ‘mamachicho’ arrastraron hacia sus encantos a los espectadores que Televisión Española  tuvo cautivos durante más de treinta años entre ‘la primera’ y ‘el UHF’. Al tiempo nacían los primeros monstruos de una tele que hacía equilibrios para sustentarse y que encontró un filón en el esperpento. El más reciente, una criatura confinada en la casa más visitada de España, que intenta explicar a sus compañeros lo que era el muro de Berlín. “Era que estaba un muro que separaba todo lo que era la zona de América y eso…” relataba la concursante y estudiante de magisterio. Madre mía, pobres de nuestros hijos si tiene que salir adelante con semejantes maestros. Pero por encima del pánico paterno está mi fascinación por los directores de casting que son capaces de encontrar elementos, como la tal Meritxell, y encerrarlos mientras otros los observan en un ejercicio antropológico que tiene enganchados a los televidentes desde hace 17 temporadas.

Un éxito de unas televisiones consentidas por los poderes públicos que permitieron, con la renuncia a su parte del pastel de la publicidad, que las privadas obtuvieran los ingresos necesarios para olvidarse de la cuenta de resultados y solo preocuparse por el share, esa vara de medir que ha hecho rodar más cabezas de las que ha coronado gracias en parte a contenidos que los intelectuales adjetivan de basura. Formatos trepidantes que ponen frente al televisor a millones de espectadores y que atraen anunciantes a pesar de que, a menudo, ponen el corazón más cerca del hígado que de los pulmones. Y a quien no le guste, que le de al zapping que para algo se inventó.

Y hablando de eso. Si algo ha hecho grande a la tele en estos años ha sido el mando a distancia. Ese aparatejo cada día más difícil de manejar si no has nacido en este siglo, es lo que verdaderamente ha propiciado la proliferación de canales. ¿Se imaginan repasando los tropecientos canales para entretenerse entre anuncio y anuncio si hubiera que estar de pie junto al televisor? Por cierto que las ventas de receptores siguen creciendo en un mercado copado por las empresas surcoreanas que han dejado a las marcas clásicas como Phillips o las Telefunken compartiendo el mismo rincón de la memoria donde guardamos los estudios del Paseo de La Habana. Allí empezó todo.

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