La opereta catalana

Comienza la recta final de la campaña electoral catalana y la cita, que no debería de tener más sentido que elegir a los representantes de los catalanes -que no es poca cosa-, sigue levantando ampollas que se revientan en un debate de tinta y de tertulias a pie de calle mientras que en el circo televisivo el fiasco de los siete candidatos a dirigir Cataluña, instalados en la reiteración del “pues anda que tú” por toda línea argumental, señala a los aspirantes a gobernantes como políticos de prueba y error. Aprendices que disparan con pólvora del rey y a los que no es posible pedir responsabilidades y no porque carezcan de ella, que tampoco, si no porque a quien le corresponde reclamárselas tiene el armario lleno de cadáveres.

Eso si, todos ellos han sembrado la campaña de momentos impagables que les ha convertido en personajes dignos de la versión cómica de Juego de Tronos. Una opereta con un reparto plagado de actores secundarios. A la sombra del aún presidente Artur Mas que reescribe el libreto a su antojo, está Raul Romeva. Un imitador de Varufakis, a quien la campaña ha puesto al pie de los caballos como cabeza de una lista que, aunque gane, nunca hará presidente al bueno de Raúl que cederá, por contrato, a Mas el despacho del Palau.

Durante la función hemos descubierto al salado Miquel Iceta. Al socialista se le van los pies cada vez que suena la música. Una afición por el baile que le hizo visible ante un gran público para el que era desconocido a pesar de su larga trayectoria política, y que el sosete de Albiol utiliza para restarle credibilidad, mientras que lía algodón de azúcar lo que aumenta la sensación de que esto es una feria.

En otra parte de este particular parque de atracciones en el que la falta de respeto por el ciudadano está convirtiendo la carrera electoral, el karaoke corre a cargo del político antes conocido como Pablo Iglesias, y que ahora se ha autoimpuesto el nombre artístico de “coleta morada” para entonar cánticos que recuerdan a los nativos norteamericanos.

En esas, y consciente de que la independencia no llegará, Mas se dedica a espetar o mejor, esputar, sobre los bancos asegurando que se pelearán por estar en ese utópico país con el que se recrea en la intimidad. ¡Qué importante es la imaginación en el onanísmo!

Entre tanto la estupidez disfrazada de una intelectualidad trasnochada, eleva al grado de grotesco el escenario. Pilar Rahola y Karmele Marchante se han constituido como voceros del catalanísmo con un perfil tan bajo que hasta Belén Esteban le gana el pulso dialéctico a una Karmele Marchante que huye de los argumentos de la de Paracuellos mientras envuelve sus vergüenzas en la ‘estelada’. Y como todo es susceptible de empeorar, la farándula entra en juego. Ahora que nos habíamos olvidado de las mamarrachadas de Willy Toledo, Fernando Trueba toma el relevo del comediante con una arenga en la que asevera no sentirse español mientras recoge el Premio Nacional de Cinematografía. Por que uno puede despreciar la patria, pero nunca el dinero de los españoles. Primero trincar y luego faltar el respeto de quienes con sus impuestos han subvencionado muchas de las películas del cineasta. Además, para que no nos falte de nada, monseñor Cañizares convoca una vigilia para encomendar al Espíritu Santo la unidad de España. ¡Manda collons!. Con lo que trabaja Francisco para dotar de normalidad a la Iglesia, sus subordinados se empeñan en presentarse como trasnochados garantes del conservadurismo más recalcitrante.

Volvamos a Cataluña. Con sorpresa de propios y extraños la campaña presenta un momento de lucidez gracias a Candidatura d’Unió Popular, formación que comanda Antonio Baños, y que ha producido un video que sin duda hubiera firmado para si el afrancesado Trueba. Sin crispación y dotado de un mensaje con el mismo fondo separatista pero con un discurso sosegado y cabal, la gente del CUP explica en siete minutos como trabajar en la misma dirección, sin crear fracturas sobre las que responder ante su propio pueblo. El desenlace de la historia de la furgoneta, metáfora de Cataluña en la película, invita a la unidad. Una posibilidad que, por lo visto, no se contempla entre quienes quieren seguir calentando a cualquier precio.

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