La obsesión por el laicismo y las fiestas en la playa

Días atrás hablaba con un concejal popular de una localidad madrileña sobre el poco interés que despierta en el ciudadano la vida municipal. Es triste, pero la gente se está empezando a aburrir de esta política de prueba y error que caracteriza a los partidos de nuevo cuño que se aferran a medidas de gobierno que solo sirven para tenernos entretenidos a los periodistas mientras que maquinan la siguiente barrabasada.

La última, desde luego, aún está por llegar, pero hoy nos hemos desayunado con la ocurrencia de la alcaldesa socialista de Rincón de la Victoria que no quería quedarse atrás, y siguiendo el patrón laicista de Pedro Sánchez, se ha animado a incluir en la carta de servicios municipales los bautizos y las comuniones civiles, incluso en la playa. Supongo que Encarnación Anaya, que así se llama la regidora rinconera, tendrá un diccionario en su despacho. Seguro que si, pero de nada sirve si no se consulta. La Real Academia Española de la Lengua define el bautismo como el “primero de los sacramentos del cristianismo”. Así pues, querida alcaldesa, de civil nada de nada, y por mucho que su concejal de Hacienda -también podemita de marca blanca (Ahora Rincón)- se empeñe en buscar explicaciones tan peregrinas como que “la comunión es la celebración de la transición de la infancia a la preadolescencia”, esto no hay por donde cogerlo.

Sobre todo porque no hace falta que venga ningún munícipe ‘espabilao’ a montarnos una fiesta. Si no la tenemos, pues la importamos. Ahí está Halloween como prueba de ello. Tras décadas llorando muertos el uno de noviembre, ahora nos divertimos con ellos la noche anterior generando un negocio que ha dejado de ser privativo de las floristas con la incorporación de las tiendas del “todo a cien” al mercado de la ornamentación funeraria.

Claro, que si en los bazares han captado rápido la necesidad de dar servicio al que lamenta, imagínense lo que tardaron los empresarios de la noche en encontrar motivos para atender al que celebra. Lo normal es que en un país tan fiestero como este no se dejase escapar la oportunidad de tematizar la oferta de una víspera de festivo a la que no ha tardado en unirse el maltrecho negocio de las jugueterías que en estas fechas llenan sus escaparates con los más variopintos disfraces cubriendo todo el espectro de personajes de nuestro subconsciente. Desde la más aterradora criatura de la noche hasta el de porno-chacha, que quizás sea el que más impresiona. Sobre todo por el miedo que da no cumplir.

Bromas aparte, lo cierto es que los únicos que parecen no haberse enterado de la necesidad de adaptarse a lo que sus clientes le reclaman y no intentar imponer sus productos a la fuerza son los políticos. Afortunadamente para ellos, sus clientes, los votantes, tienen la memoria flácida y de camino a las urnas todo se olvida con tal de servir a las guerras intestinas en las que seguimos viviendo. Pero el bipartidismo queda cada vez más lejos y, más pronto que tarde, el elector pedirá cuentas al electo. ¿Truco o trato?.

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