La imagen de las cifras

El último día de agosto no es un día cualquiera. Es la fecha que marca el final de las vacaciones de verano, el momento de volver a esa actividad que durante todo el año soportamos con más o menos agrado. Es la vuelta a la realidad. Una realidad que este año se ha tornado incierta para los más de 300.000 españoles que ese mismo día, al unísono y sin que nadie les preguntase si querían formar parte de ese coro, perdieron su trabajo. Una cifra tristemente histórica ya que desde 2008 no teníamos un dato ni parecido en la siempre lamentable contabilidad de los que visitan las filas del desempleo.

Todas y cada una de esas trescientas y pico mil personas tienen una cosa en común, carecen de rostro. Ni usted ni yo los reconoceríamos si nos cruzásemos con ellos por la calle. Son sólo eso, una cifra. Un número. Una estadística. Un titular de periódico. Un motivo para escribir este artículo. Afortunadamente, esa cifra nos ha dado de lado así que seguimos adelante, impasibles, en nuestro letargo veraniego. Todavía nos queda un día de vacaciones y no formamos parte de ese anónimo guarismo. Las estadísticas, por suerte para nuestras flácidas conciencias, nunca tienen ojos. No nos miran a la cara y eso nos hace indiferentes a ellas.

Pero aún habiendo sobrevivido a la criba laboral, en el día que nos queda de vacaciones también somos números. Desplazamientos nos llama la DGT. Pernoctaciones los hoteleros y además, servimos de extras numéricos para las imágenes de recurso de los informativos que muestran los cientos de personas que aguantan los últimos rayos de sol en nuestras playas. De aquí a unos días nadie se acordará de esos cuerpos que intentan tostarse al sol boca abajo, por que quien oculta el rostro también cree tapar las lorzas. Y de repente, como para desperezarnos del sopor, otra playa, una sin chiringuitos ni hamacas, nos remueve la conciencia.

En esta playa los cuerpos no son turgentes ni escasos de ropa. Es la playa de la vergüenza. La de la ignominia. Es la playa que pone imagen a las cifras. La de un niño tumbado boca abajo, inerte, que nos obliga a recordar que ese mismo mar en el que horas antes se bañaban nuestros hijos, se traga cada año a cientos de personas que, como él, buscan pertenecer a una estadística mejor. Entre ellos su hermano y otros dos niños más que no entraron en el encuadre de la fotógrafa, curtida en dar testimonio de los inmigrantes que llegan a esa playa día tras día, y que jamás hubiera imaginado tener que tomar la instantánea de una vida truncada dramáticamente por culpa de barreras legales, después de haber sobrevivido a la guerra con tan sólo tres años.

La imagen de las cifras tiene miles de rostros sin nombre, aunque esta vez hemos conocido uno de ellos, Aylan Kurdi. Que no se nos olvide.

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