La huída hacia adelante

No soy de ir mucho a la peluquería. Reconozco que mi interés por el estilismo capilar acaba en el momento en que logro que desaparezcan las greñas. Esa falta de exigencia me lleva a frecuentar las clásicas peluquerías de caballeros, las de toda la vida. De algunas por las que he paseado lo que en otro tiempo fue una poblada cabellera, guardo gratos recuerdos.

Si bien nunca tuve la suerte de coincidir en ninguna de ellas con la voluptuosidad de Anna Galiena, la peluquera en aquella película de Patrice Leconte, si que tengo grabado en la memoria el azulejo que colgaba sobre las sillas, alineadas de forma que se pudiera observar al peluquero mientras trabajaba otras cabezas, en una antigua peluquería que durante un tiempo frecuenté cerca de la madrileña Cava Baja. “Barbero que no sea parlero, no lo hay en el mundo entero”, rezaba aquel pedazo de artesanía talaverana. Un dicho que se cumple, sin excepción, en cualquier peluquería.

El profesional de la tijera es un experto en inducir a la conversación aunque, casi siempre, acaba siendo un monólogo. Precisamente yo frecuento una peluquería que cumple a la perfección con esa máxima barberil. Mi peluquero no se calla ni debajo del agua. Esa verborrea le permite contarme su tránsito vital en el tiempo que le lleva rebañarme el cuero cabelludo hasta dejarlo “al dos”. Me ilustra sobre sus peripecias intentando cruzar el estrecho para educarse en el casticismo vallecano y terminar dedicando sus ahorros a resucitar un género de peluquería que creí desterrado por las franquicias del ramo, y que sus paisanos han decidido recuperarla a base de precios bajos y horarios ampliados.

Mientras agota la batería de la máquina cortapelo, me explica lo orgulloso que se siente de haber logrado huir del incierto futuro que le deparaba el cuidado del puñado de cabras que conforman el patrimonio familiar. Y todo gracias a que un día logró evitar que la policía de su país le devolviese por enésima vez al domicilio paterno por intentar escapar y alcanzar esa prosperidad de la cual le separaba la tradición familiar, y que él intuía magnífica por los bultos que llenaban los coches de los que regresaban a la aldea de vacaciones. Desafortunadamente, ahora que el visitante es el, todos los días le increpan para que se vuelva a España. Su mujer -marroquí porque no encontró una española dispuesta a darle descendencia tan joven-, su hijo y él mismo, ocupan un espacio del que ya no disponen en su casa natal. Ahora, es extranjero en España y un estorbo en su propio pueblo.

La verdad es que le escucho y no me extraño de lo que me cuenta. La emigración es un drama bidireccional. Lo sufre el que tiene que hacer la maleta y marcharse en busca de lo que carece, pero también el que se queda esperando poder compartir la prosperidad del expatriado. Sufre el que se convierte en huésped por obligación y el que lo recibe sin desearlo. Unos sentimientos que nuestro país conoce bien. Aunque la emigración parece haber saltado a dos generaciones de españoles, todo apunta a que nuestros hijos se convertirán en imitadores de nuestros abuelos y tendrán que salir de casa si quieren prosperar. Mientras eso ocurre, nos hemos convertido en receptores de quienes buscan un mundo mejor encontrando la incomprensión y la miseria. Y es que el emigrante actual se parece poco a nuestros abuelos. Los que nos visitan, no traen una maleta con poca ropa y mucha ilusión. Viene cargados de miseria, de hambre y de la desgracia de quienes se dejaron la vida en su peregrinar. Y eso no nos gusta. Cuanto más han prosperado las naciones receptoras, más intransigentes se vuelven con los que van llegando. Sin duda, un mecanismo de autodefensa que a nadie se le puede criticar. Con tantas bocas en la misma mesa hay menos pan para repartir y, algunas veces, el pan escasea más rápido de lo que aumentan los hambrientos.

Es el caso de la crisis migratoria que estamos viviendo con los sirios que intentan alcanzar centroeuropea después de huir de una guerra que ya se ha cobrado más de 200.000 víctimas. Mientras Angela Merkel y Mariano Rajoy nos intentan convencer de que les ha pillado desprevenidos el interés de los refugiados por llegar hasta Alemania u Holanda cruzando una frontera que Hungría quiere convertir en inexpugnable.

¿De verdad no los esperábamos?. Entonces, ¿para qué sirven los servicios secretos?, ¿o Asuntos Exteriores?, ¿o ACNUR?. ¿En serio a todo el mundo se le ha escapado lo que se nos venía encima?. ¿De verdad quieren hacernos creer que, a sabiendas de que todos los civiles que vivían en Al Safira salieron de la ciudad, nadie pensó en que iba a pasar con ellos?. Oiga, que eran 130.000. Que digo yo que se les vería por la carretera.

Una cosa sí está clara, y es que a nadie le apetece tener invitados a comer, precisamente cuando tiene dificultades para llenar la nevera. Pero lo cierto es que algo habrá que hacer con ellos. Por ahora, lo único que hemos sacado en claro del segundo día de la visita de Rajoy a Berlín, y tras el paseo con su homóloga alemana, es que el Gobierno español está dispuesto a asumir otros 2.500 refugiados subiendo la cifra hasta casi 6.000. Un compromiso al que el presidente pone condiciones, pero que todo apunta a que terminaremos asumiendo si o si. En cuanto la presión fronteriza húngara agote la paciencia de los sirios, estos darán media vuelta y, al final de ese camino, estamos nosotros. En definitiva, esto no es más que una huída hacia adelante. Si la situación se complica en esa dirección, habrá que mirar hacia otro lado y eso de autodenominarnos “la Alemania del sur” nos pasará factura.

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