Hazañas bélicas

Ayer se nos fue Rafael Martínez Simáncas. No como del rayo, que diría Miguel Hernández si no con una muerte anunciada más en el estilo de García Márquez, con quien compartió el amor por este oficio. A Rafa se le llevó una larga enfermedad, una leucemia contra la que luchó durante largo tiempo y con la que aprendió a convivir. O quizás, cuando se habla de una enfermedad que camina al mismo paso que la muerte, lo correcto sería decir coexistir. Una relación de la que el verbo fácil y la ágil pluma de Rafa nos dio buena cuenta en los últimos meses.

Pero que difícil se hace convivir con la enfermedad. Sobre todo cuando el mal lo padecen unos pocos y encima solo reside en sus maltrechos cerebros. Al mismo tiempo que a Rafa se le apagaba la vida en un hospital de Madrid, en algunos despachos de Barcelona intentaban quitársela a sus convecinos.

“Me vas a quitar la vida”, nos espetaban nuestras madres cuando liábamos alguna, ¿se acuerdan?. Ahora esa sentencia, tantas veces repetida en boca materna, va a empezar a sonar en los hogares catalanes solo que esta vez irá dirigida a los continuos disparates de la Asamblea Nacional Catalana. El último, cumpliendo con el manual básico que todo nacionalista que se precie debe seguir a pies juntillas, ha sido crearse una amenaza. Tan aparentemente manifiesta, como para encontrar la necesidad de promover la creación de un ejército. Ya no les vale alquilar los servicios de las Fuerzas Armadas galas, ahora quieren el suyo propio.

Hasta una red de espías, ¡que no falté de nada!. Ah! si, un grupo de aguerridos especialistas en liberar catalanes secuestrado en algún lugar del extranjero al que todavía no son capaces de dibujarle fronteras. La verdad es que a mi se me hace más fácil pensar en catalanes huyendo de la imbecilidad que secuestrados por no se sabe muy bien que huestes de malandrines en una suerte de guerra de guerrillas, supuestamente patrocinada desde Madrid. No hay nada que más venda en el imaginario nacionalista que tener el enemigo a las puertas de casa.

Una modalidad de combate que en estos días también sale de las trincheras para instalarse en los despachos. Mientras que Rubalcaba busca reciclarse en los últimos avances químicos antes de que le pille el toro y su reentré en la Complutense le coja desactualizado, el aparato de PSOE ya ha puesto en marcha su particular guerra por dirigir un partido que prefiere perder un hombre de estado en pos de que alguna cara nueva gane unas elecciones a las que han sido llamados todos sus afiliados. Un hombre, un voto. Y una mujer, otro, por supuesto.

Eso si, si al rostro del candidato se le maquilla con los tonos de moda, esos que marcan los barones del partido, en la foto se sale mucho más guapo. Si no que se lo digan al candidato Madina a quien Susana Díaz, paradigma de la supuesta renovación socialista, no ha querido enseñarle sus secretos de belleza no vaya a ser que el electorado se incliné en una dirección distinta a la que se quiere marcar desde la calle Ferraz.

Y mientras que unos políticos se meten a jugadores de Risk, y otros se apuntan al proceso renovador, el ciudadano de a pie sigue sin encontrar consuelo. Ni siquiera a los parados catalanes les ha hecho ilusión la creación de su nuevo ejército con el que llegarían, digo yo, un buen número de puestos de trabajo. Bastante tiene uno ya con intentar llegar a final de mes y alimentar a sus hijos en un drama que se acrecienta como para perder el tiempo en soflamas nacionalistas. Ya lo decía el Padre Ángel en este mismo periódico, en España, el hambre se escribe con H mayúscula.

Lo que hacen las familias de los más de cuatro millones de parados españoles si son hazañas bélicas y no las que libraba el sargento Gorila, aquel soldado de aspecto simiesco al que el nombre le venía que ni pintado, y que nos hacia vibrar sobre el papel de aquellos cómics apaisados de nuestra infancia. Rá-tá-tá-tá-tá, ¡Jó! ¡Vaya tardes pasábamos entre viñeta y viñeta!. Lastima que haya gente instalada aún en la ensoñación del “tebeo” y pretenda convertir este país en su particular 13 rué del percebe.

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