El ojo que todo lo ve

Me cuenta un amigo que aprovechando el puente ha participado en un torneo patrocinado por una conocida empresa donde, lejos de disfrutar de una mañana de golf junto al Mediterráneo, tuvo que dedicarse a vigilar a sus compañeros de partida que andaban afanados en conseguir, a fuerza de descontarse golpes, el bonito viaje para dos con que se obsequiaba al campeón. Y es que desde que los premios de los torneos sociales han pasado de la típica placa a los bonos de viaje a lugares supuestamente paradisíacos, además de otros jugosos premios, los domingos por la mañana los tramposos afloran en los clubes como los caracoles tras la lluvia.

Lo cierto es que al paso que vamos no será extraño que dentro de poco las llamadas ‘maquinas de la verdad’ convivan con las de la limpieza en el cuarto de palos. Parece ser que el artilugio que el malogrado Julián Lago intentó popularizar -ahora elevado a la categoría de notario de algunos programas más interesados en ahondar en las miserias humanas que en el esclarecimiento de alguna verdad- se empieza a hacer necesario con tanto fullero como puebla los torneos amateurs.

De hecho, no hace mucho tiempo, tres jugadores que aseguraban haber conseguido sendos hoyos en uno y en el mismo par 3 de su club californiano, fueron sometidos al polígrafo con el fin de desenmascarar al mentiroso. Sin embargo, ninguno de los tres amigos había mentido y consiguieron superar con éxito la prueba. De lo que no estoy tan seguro es que lo lograsen los buscadores de premios que cada fin de semana intentan adueñarse a fuerza de tarjetas imposibles de los premios más valorados librando, a golpe de goma de borrar, una injusta y fratricida lucha contra sus consocios.

Lo peor de todo es que esa escena empieza a resultar tristemente familiar. Sin embargo, y para ser sincero, no puedo reprimir mi admiración por los ganadores. ¡Que deportividad la de estos jugadores que, entregando tarjetas con las que ganarse sobradamente la vida en el mundo profesional, renuncian a engordar sus cuentas bancarias y permanecen fieles al espíritu del estatuto del jugador aficionado! Y todo, por un palo de dudosa factura y que son incapaces de manejar con mediana destreza.

Pero volviendo al asunto de la maquinaria para descubrir tramposos, y ahora que incluso el fútbol ha sucumbido al video-arbitraje, llega el momento de que el ‘gran hermano’ visite el golf. Lo cierto, es que esto que hasta ahora parecía descabellado en un deporte que se vanagloria de su autorregulación, ya es una realidad que sobrevuela nuestras cabezas y que incluso los más alto estamentos nacionales empiezan a interesarse por el sistema. Por ahora, los drones solo vigilan que no se realicen trampas para conseguir los coches con los que se premian a quien emboque de un solo golpe ofreciendo garantías notariales a las aseguradoras, pero quien sabe si en breve no nos encontraremos con pilotos especialistas en Reglas de Golf que vigilan desde el cielo lo que ocurre sobre la hierba. Se sorprenderían si vieran las imágenes que recoge el dron en sus pasadas sobre esos torneos.

Mientras llega ese momento, sólo me queda invocar a los afectados por esos tahures de medio pelo a rebelarse contra ellos y no permitan tanto desmán. Que exijan al comité de competición que separe a esa pareja de ‘virtuosos’ que, semana tras semana, les roba la cartera impunemente. Recuerden, que el ladrón necesita quien le ampare la fechoría y que cuando su marcador no sea el amigo con el que se reparte el botín dominical, sus malas prácticas quedarán al descubierto. Al fin y al cabo, la grandeza de este deporte es que pone a cada cual en su sitio.

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Foto: Fernando Herranz

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