El final del verano

El final del verano siempre ha sido sinónimo de pasiones. ¿Recuerdan cuando vivíamos con tristeza la despedida de ese fugaz amor? Un dolor del que creíamos no poder recuperarnos nunca. Se acababa el verano y ya nada importaba. Lo único que nos rondaba la cabeza era que el año pasará pronto para reencontrarnos con quién nos juró guardarnos la ausencia a pesar de los cientos de kilómetros y de los doce meses que se interponían entre nosotros. Como si el cole y los amigos nos facilitasen mantener el recuerdo más allá de la primera semana de septiembre.

Con los años, cuando la pubertad se transforma en una desbocada juventud y el corazón cede sin oponer resistencia ante el empuje de las hormonas, cambiamos el enamoramiento por la contabilidad. Sí, no se sorprendan. Poner en cifras nuestras conquistas veraniegas siempre fue un eficaz remedio a la hora de sobrellevar la espera del reencuentro. Ni siquiera nosotros mismos estábamos seguros de querer que ocurriese mientras nos supiéramos capaces de seguir ampliando nuestra agenda en espera de que alguien se interpusiera, casi siempre en invierno, para dejarnos el listado reducido a un solo nombre.

Entonces, las pasiones se vuelven menos lúbricas. El verano discurre despacio con esa cansina cadencia que produce la inactividad y entonces surge la paradoja. Con la cantidad de horas y años que habremos invertido para emparejarnos en verano, es precisamente durante el estío cuando descubrimos que no nos soportamos. Que solo estamos hechos el uno para el otro con la ayuda del bendito trabajo. Que este horario laboral nuestro que tan poco margen da para la conciliación familiar es, precisamente lo que mantiene unidas a ese 28% de parejas que tras las vacaciones, deciden que el otoño lo pasarán cada uno por su lado.

Seguramente por ese motivo, La Liga empieza antes cada año. Este 2016 casi no nos ha dado tiempo ni de pelearnos con nuestra pareja cuando ya estaba el Barcelona reventando la portería bética en un comienzo de temporada que nos va a mantener pegados al televisor de viernes a lunes. A ver quien es el guapo que discute ahora. Movida que tengas, gol que te pierdes. Lo mejor, es estar calladitos y ver los 90 minutos sin más problemas.

Y eso es algo que los bancos han aprendido muy bien. Cuanto antes empiece el campeonato, menos avanzará la cifra de divorcios veraniegos. Cuanto más largo sea el calendario, más tardaremos en llegar nuevamente al aburrimiento estival. Cuantos más partidos por jornada se televisen, menos tiempo para broncas en el hogar. Una ecuación que, más o menos quedaría así: Más fútbol es igual a menos broncas o lo que es lo mismo, menos divorcios igual a más hipotecas activas. ¿O es que pensaba que La Liga Santander la paga Revilla?

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