El capricho del olvido

Decía Ortega y Gasset que a los españoles nos falta respeto por el pasado. Hablo en presente del sentir del filósofo porque en ese sentido los años no han pasado por nosotros. Lo que se le escapaba a don José, tal vez porque entonces no se daba esa circunstancia, es que los recuerdos a conservar parecen ser patrimonio de unos pocos empeñados en que nuestra historia solo se conozca en la parte que a ellos les conviene.

Me viene al pelo la cita de otro español que al igual que a Ortega le preocupaba el olvido. Según Jorge Santayana, -George para los amigos desde que se estableciera en Harvard, lejos de su Madrid natal- “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Una máxima que se tiene por cierta salvo para quienes el miedo a que les recuerden el suyo hace que quieran borrar el de todos los demás.

El afán se traslada al callejero donde continuamente se trata de eliminar los nombres que recuerden a personajes o hechos relacionados, directa o indirectamente con el llamado “bando nacional”, y que ya está cayendo en lo grotesco. A nadie se le escapa que en Madrid se están pensando en eliminar un buen número de calles que aún mantienen esas denominaciones. Sinceramente, con las continuas reformas educativas en las que se ha cuidado mucho de evitar que nuestros jóvenes conozcan su propia historia, me cuesta mucho pensar que alguno de los vecinos de menos de cincuenta años que habitan en calles con nombres impronunciables para los defensores del olvido parcial, sepan quien es el personaje que precede al número de su portal o qué hechos son los causantes de convertirle en aspirante al olvido en el callejero. Voy más allá, es tan perverso esto de la memoria histórica que me viene a la cabeza una calle sevillana donde convive el nombre de la nueva calle -Dulce Chacón- con el del anterior homenajeado, el general Orgáz. Eso si, con una leyenda aclarando que el antiguo nombre se ha eliminado en aplicación de la Ley de Memoria Histórica. ¿Eliminado? Lo que se ha hecho es encarecer el gasto municipal. Nueva placa para la poetisa y otra más para aclarar la necesidad de sacar de las calles al militar alavés.

Algo parecido ocurrirá muy pronto en Madrid donde ya se anunció que la corporación municipal mandará al olvido al político carlista Vázquez de Mella y en su lugar poner al recientemente fallecido Pedro Zerolo en un homenaje sobradamente merecido por el canario, pero que se podría haber realizado sin necesidad de menospreciar al diputado reformista. ¡Anda que no hay en la capital calles, plazas o edificios a los que dar nombre!

Sin embargo, hay que alabarle al Ayuntamiento de Madrid que en un alarde de hacernos participes de esa parte de la historia que si podemos conocer haya decidido abrir el llamado “búnker del capricho”, una maravilla de la arquitectura militar que sirvió para la defensa de Madrid por el ejército republicano. No voy a entrar si de haber sido del otro bando el consistorio capitalino se hubiera tomado la molestia de recuperar el refugio. Me basta con que un pedazo de nuestra historia reciente haya dejado la penuria del olvido que tanto rechazaban Ortega y Santanaya, y que ahora aumente el valor histórico del Parque del Capricho. Un jardín que se ha convertido en el escenario perfecto para el paseo pausado por uno de los últimos reductos del romanticismo madrileño.

Mientras discurro por las proximidades del palacio del Duque de Osuna y su esposa, creadores ambos de los jardines, y protectora ella de intelectuales, toreros y algún político del Siglo de las Luces; me saca de mi bucólico deambular el fallecimiento de José María ‘Txiki’ Benégas, figura clave del socialismo vasco y a quien le faltó ser ‘Lehendakari’. Ese honor, el de ser el gobernante de la región que le vio nacer -al menos a la política-, sí lo alcanzó la siempre ocurrente Esperanza Aguirre a quién la pérdida del diputado no le impediría acaparar los titulares y, aprovechando la ausencia de la alcaldesa Carmena -de viaje en Argentina por un ‘bolo’ relacionado con su último libro- ofrecer una suerte de pacto a los socios de gobierno de la ausente para poner en el despacho de la jueza a la portavoz de Ciudadanos, Begoña Villacís.

Al final, le voy a tener que quitar la razón a los filósofos que me arrancaban esta reflexión. Y es que hay cosas, que una vez las escuchas, lo único deseable es olvidarlas cuanto antes no sea que se repitan.

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