Editores en busca de autor

En pleno apogeo de la escritura creativa en España, el número de lectores sigue sin mejorar las estadísticas. Las más recientes hablan de un 36% de españoles que reconocen no leer un libro y lo que es peor, no recuerdan haberlo hecho nunca. Aún así, los datos del ISBN ascienden a más de 250 obras registradas cada día en nuestro país. Un dato que hace reflexionar sobre la relación entre oferta y demanda del sector editorial.

Evidentemente no es casual el alto volumen de registros. Los escritores que se han sumado a la tendencia que marca la autopublicación se cuentan por cientos, y algunos de ellos muestran una envidiable producción literaria que ha hecho que las estanterías digitales se hayan llenado en poco tiempo de una importante bibliografía de sugerentes títulos y portadas impactantes como reclamo para el lector mientras que algún editor descubre su talento.

En realidad, el objetivo de los escritores independientes es dejar de serlo. Hacerlo supone entrar en un universo nuevo en el que el lector llega casi sin esfuerzo movido por la credibilidad del sello literario. Una especie de resorte por el que el lector esté más por la labor de comprar la obra de escritores consagrados que de leer las óperas primas de escritores en ciernes por muy talentoso que sea si aún no ha logrado que su manuscrito caiga en manos de un editor que le saque del ostracismo de los escaparates virtuales para ponerle en la mesa de las librería. Un paso que no siempre supone vender más, pero que acaba de un plumazo con los rechazos e incluso con la indiferencia con que las editoriales manejan a menudo su relación con el escritor novel.

Este cuento, mil veces repetido, puede tener un final feliz. Aunque sea solo una vez al año, y ya van ocho, el editor sale de su guarida y se pone a tiro del escritor en un festival que además se apellida con nuestra letra más emblemática: la eñe. La que adorna esta estación que se resiste a abandonar el nombre de la anterior, es también la que cobija durante este fin de semana a autores y editores en una fiesta que trasciende la literatura y en las que ambos se tratan de tú a tú, en busca de una oportunidad única para ambos.

El Festival Eñe, lejos de caer en el victimismo de un sector que solo lamenta el escaso número de ventas en lugar de animarlas, tira de imaginación para crear una suerte de maridaje entre cafés, teatro, música y autores en busca de lectores dispuestos a abandonar las estadísticas y, sobre todo, de editores prestos a facilitarlo.

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