Conspira que algo queda

Parece mentira, pero ha pasado ya casi una semana desde las elecciones del 26-J y algunos no son capaces de sobreponerse al resultado electoral. No pueden creer que el pueblo, ese al que invocan en masculino y femenino en toda suerte de gestos asamblearios les haya dicho que hasta aquí habéis llegado. Que una cosa es cargarse a Izquierda Unida y otra muy distinta es hacerlo con España.

Se lo han dicho incluso sus propios simpatizantes con más de un millón de abstenciones que bien podrían justificarse con solo mirar alrededor en las calles y plazas de las ciudades que gobiernan. Pero ellos no lo creen. Ellos que viven con el pensamiento bolivariano de que todos los males vienen de fuera se han inventado una conspiración, un pucherazo que también es una cosa muy próxima a regímenes de dudosa conciencia democrática y, en consecuencia, muy ad hoc con su concepción de la política.

Durante esta semana no hemos podido evitar leer en redes sociales todo tipo de soflamas basadas en el incumplimiento de las encuestas que daban a los de Pablo Iglesias el tan cacareado sorpasso que, finalmente, no se habría producido por la falta de rigor en el conteo de los votos por parte de la empresa adjudicataria del servicio. Hasta aquí podría hasta entender la queja. Es curioso que una empresa que pierde la concesión en los anteriores comicios, ofrezca un 40% de descuento para recuperarlo. Pero igual que es curioso, es natural. Es la ley de la oferta y la demanda, la ley de la selva, el legítimo intento de supervivencia de las empresas. Incluso en las participadas por el Estado.

Ahora bien, lo que los tuiteros afines a la formación de Iglesias deberían plantearse es que anduvieron haciendo los 26.000 interventores y apoderados que Unidos Podemos puso a vigilar el recuento. Créanme si les digo, que sopena de que su convencimiento de que iban a ganar fuera muy alto y eso les hiciese bajar la guardia, que ya les digo yo que no, mi experiencia como presidente de una mesa en las pasadas municipales me demuestra que mientras otros partidos andan más distraídos durante el recuento, la vigilancia de los podemitas y sus confluencias es férrea.

Entre los que frecuentan la teoría de la conspiración, también se mueve con fuerza el argumento de que en los sondeos a pie de urna, los llamados ‘israelitas’, la gente aseguraba haber votado a Unidos Podemos. Como si decir que se vota al Partido Popular fuera fácil en según qué entornos. Si el voto es secreto, desde que a los populares y sus simpatizantes se les somete al azote indiscriminado de la oposición, en todas sus vertientes, a nadie se le ocurre salir del colegio electoral luciendo las siglas del partido del Gobierno. Un mal, el de los votantes del PP, que la izquierda intenta eliminar desde la base.

Tal vez por eso, Manuela Carmena que como buena abuela sabe de las bondades adoctrinadoras de los cuentos infantiles, contrataba al día siguiente de las elecciones a otro grupo de titiriteros para mostrar a los más pequeños como de malos son los empresarios y cuanto explotan a sus empleados con la reforma laboral de Rajoy. Una representación a pie de calle y en el contexto de las fiestas del popular barrio madrileño de Carabanchel, que a modo de introducción dejó que los niños escucharán grabaciones en las que se podía oír a Cospedal, Botín, Aznar o Rajoy. Hasta Rocío Aguirre, hermana de Esperanza, tuvo su momento en la representación como si alguien conociese a esta mujer fuera de su entorno profesional. La función terminó con una batería de preguntas para contrastar que los niños han entendido lo malos que son los empresarios. Lógicamente, las respuestas no se producen y la encuestadora, supongo que a riesgo de no cobrar si no cumplía su objetivo decide inducir las contestaciones de los pequeños.

De momento los dirigentes de Unidos Podemos no se unen a la teoría del pucherazo marcada desde su órbita, aunque ninguno ha salido a desmarcarse de ella. La democracia en España no deja que gane el más votado si no el más apoyado y eso les da un margen de llegar a la Moncloa. La esperanza es lo último que se pierde y con los niños de “su parte”, todo es cuestión de tiempo.

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