Con la puerta en las narices

Seguro que ya ni se acuerda, pero hubo un tiempo antes de que los conserjes, y más tarde los videoporteros les extinguieran, en que era habitual que tras la puerta de casa nos encontrásemos con un vendedor. Trabajaban a puerta fría. Probando suerte con el pretexto de acudir a una cita nunca concertada, y que la mayoría de la veces acababa con las narices del vendedor peligrando por el portazo. Fea costumbre esa de no llamar para anunciar la visita en un intento de colocarle algo al ingenuo que abre la puerta, que ayer el presidente de la Generalidad de Cataluña nos devolvió a la memoria.

No sé en qué estaría pensando el ínclito Puigdemont cuando cargado con su enciclopedia sobre el humo decidió visitar Bruselas a ver si le colaba el producto a algún despistado. Si ya era difícil vender los tropecientos tomos de la historia natural regalando un televisor, imaginense lo que debe ser intentar colocar un producto sin fundamento sólido y sin un presente con el que poder cerrar el negocio. Supongo que si unos días antes se habían tragado que Otegui era un hombre de paz, el molt honorable pensó que podía hacerse pasar por jefe del estado de ese país que solo tiene fronteras en su imaginación. Bastantes problemas tiene ya esta Europa con 28 intereses imposibles de congeniar, como para sopesar ni tan siquiera admitir un país recién inventado, que además, se desmembró de otro que no es capaz de aceptar la voluntad de las urnas, y se ha llevado meses volcado en un ejercicio de ingeniería electoral para acabar demostrando la vergonzosa incapacidad para llegar a un acuerdo de unos políticos que no han tenido ningún pudor en cerrar el Congreso de un portazo capaz de hacer temblar hasta a los mismísimos leones.

Hoy a sus Señorías les toca devolver los móviles, las tabletas y las carteras. Ya no van a poder mandar tuits con el dinero del contribuyente, ni a jugar al Candy Crash como aforados. Se acabó una legislatura de la que recordaremos poco más que el rostro pixelado del bebé de Bescansa. A partir de hoy, la pelota de la que se querían apropiar los malotes de la clase para jugar ellos solos en ese patio de colegio en el que habían convertido el hemiciclo, vuelve al tejado del que partió, el de Zarzuela, y al Jefe del Estado le toca guardarla para evitar que se sigan rompiendo ventanas. Por lo menos, para que duren hasta el 26 de junio a ver si con suerte alguien se asoma por ellas sin que el resto de partidos le apedreen por no haberse metido en la cama con ellos. Ya lo dice José Sacristán en la nueva película de Kike Maillo, este es un país de malos hermanos.

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